El patrimonio olvidado de Bogotá

Semana

Los problemas sociales de la ciudad han destruido y ocultado tesoros de gran valor patrimonial, pero desde hace un tiempo surgieron opciones para redescubrirlos.

Los tres guardan el patrimonio, pero casi nada reciben a cambio. Lo único que buscan es que quienes viven en Bogotá sepan que hay lugares que nadie ve, pero que bien vale la pena volver a mirarlos. Un realizador visual, un grupo de enfermeras y un arquitecto ofrecen recorridos por la Bogotá que dejó de lado buena parte de su patrimonio material e inmaterial.

John Bernal, el realizador, desde los años noventa ofrece recorridos nocturnos por la céntrica localidad de Los Mártires, llamada así porque en su plaza fueron fusilados héroes de la patria como Policarpa Salavarrieta y Camilo Torres, entre otros. “De noche –cuenta– Bogotá está libre de distracciones. Se pueden admirar la arquitectura y los detalles de las calles. No hay que andar con la mirada fija en el piso para evitar tropezarse, ni tampoco agilizar el paso para escapar de los ladrones”.

La ruta comienza hacia las 10 de la noche los lunes y jueves en la carrera Séptima con avenida Jiménez. Visita, entre otros lugares, el parque Tercer Milenio, la plaza España, el barrio Eduardo Santos, la olla Cinco Huecos, los prostíbulos del barrio Santa Fe y la plaza de las Hierbas. Todos hitos de peligro, caos y suciedad.

Dos habitantes de la calle que siempre están con Bernal acompañan a las diez o 12 personas que conforman cada grupo, el número máximo que puede hacer la travesía, “Si nos ven con ellos, no pasa nada”, dice. Durante el recorrido los caminantes observan el deterioro de algunos edificios de gran valor histórico como el Manuel Peraza, al costado sur de la calle 13 con carrera 17, el primer rascacielos del país con siete pisos, con el primer ascensor conocido. Hoy lo ocupa un negocio de venta de repuestos para bicicleta. Luego, hacia el norte, aparece la arquitectura, en algunos casos de estilo inglés, del barrio Eduardo Santos, cuyas casas tienen coloridas esquinas redondas. Y a unas 15 cuadras más al norte, en el barrio Santa Fe, la zona de tolerancia más famosa de la ciudad, la destrucción es evidente: la casa donde vivió el poeta León de Greiff ocupó el espacio donde hoy funciona el parqueadero de un prostíbulo.

Uno de los secretos mejor guardados de Bogotá es la plaza de las Hierbas, en el barrio Samper Mendoza, sobre la carrera 25 con calle 22 A. En este lugar los paseantes perciben una agradable mezcla de olores y colores en un espacio de 125 locales, que hace 25 años tuvo que especializarse en hierbas cuando Paloquemao monopolizó el mercado de frutas y verduras. “Ver y, sobre todo, oler eso es un premio”, dice uno de ellos.

Hernando Gómez, otro de los protectores del patrimonio, ya cumple 35 años de andar la capital y acumula más de 1.000 caminatas en las que gratuitamente muestra la Bogotá del miedo, la Bogotá erótica, la Bogotá de la arquitectura imposible y 42 recorridos más. La gente lo busca por teléfono o por correo, fijan un punto de encuentro y emprenden la marcha, de día o de noche, según la faceta bogotana que se quiera explorar. Busca compartir con las personas el ‘patrimonio habitado’ que encuentra a cada paso, “el que componen las cosas y la gente”.

Dos de sus lugares favoritos para mostrar son la plaza de Las Cruces y el pasaje Gómez, a los que considera “poemas en medio del caos”.

La plaza de armas del barrio Las Cruces, en la calle 1 E con carrera Séptima, es para él un símbolo de la bogotaneidad, pues se ve una pila de bronce de gran valor –uno de los mayores monumentos escultóricos de la ciudad–, la iglesia Nuestra Señora del Carmen de Las Cruces (del siglo XIX), que tiene en su cripta pies, manos, ojos y demás figuras esculpidas en cera que la gente talla según el milagro que ha pedido. Y, además, se pueden apreciar los vestigios de la primera estación de gasolina y los generadores de energía del tranvía, que fueron saqueados en el 9 de abril de 1948.

Finalmente, en medio de los cientos de talleres de motos que invaden las calles del barrio La Favorita –calle 16 con carrera 16–, se oculta un callejón alucinante: el pasaje Gómez, uno de los primeros conjuntos residenciales construido en Bogotá, de arquitectura de inspiración neoclásica cargada de colores y balcones con flores. Este lugar hacía parte de una finca que el famoso millonario Pepe Sierra vendió a finales del siglo XIX y terminó urbanizada entre los años veinte y treinta del siglo pasado. Mucho tiempo después sufrió los efectos colaterales del Cartucho, pero sus habitantes lucharon para mantener intacto el lugar.

No muy lejos de allí, en el Hospital San Juan de Dios, que fue el complejo médico más importante de América Latina, 14 enfermeras ofrecen los recorridos por esta imponente obra arquitectónica que se cae a pedazos. “En 1998 entró el último paciente, antes de que apostaran unas tanquetas al frente de la reja”, cuenta Margarita Castro, la coordinadora de enfermeras del hospital, quien desde octubre de 1999 no recibe sueldo y, sin embargo, va a trabajar de lunes a lunes a un lugar que, aunque hace 16 años dejó de funcionar por líos financieros, nunca canceló su contrato.

Desde 2002, cuando se expidió la Ley 735 que lo declaró inmueble del patrimonio nacional, ella y otras 13 enfermeras dan, el último domingo del mes, un recorrido por el hospital para reivindicar su valor y resistirse al cierre.

“Los elementos utilizados por siglos y las edificaciones que los resguardan son tesoros de la nación. Tenemos el único palacete del sur de Bogotá y la torre hospitalaria, construida por Cuéllar Serrano Gómez”. Con esa frase suele empezar la visita guiada que pasa por las únicas caballerizas de la época republicana que quedan en Bogotá, y también por uno de los tronos papales en los que se sentó Pablo VI durante su visita a Colombia.

Su valor científico es otra de sus joyas. En su momento, por su capacidad, pudo atender emergencias como las del 9 de abril, la toma del Palacio de Justicia y la avalancha de Armero. En donde hoy existe una cancha de fútbol, hubo un helipuerto en el que aterrizaban hasta tres helicópteros al tiempo. De allí salieron los primeros pacientes de cambio de género así como los primeros implantes hechos en Colombia; el Che Guevara durmió en uno de sus edificios durante su paso por Bogotá, y motivos de orgullo nacional como la vacuna contra la malaria, la válvula de Hakim y el programa Madre Canguro, nacieron en otras de sus 33 edificaciones. Ese es el tipo de patrimonio que estas mujeres salvaguardan desde la casa cural, su sitio de trabajo desde 2007 cuando una liquidadora las sacó de allí.

Para Ingrid Morris, una antropóloga que conoce los tres recorridos, estos “son una clase práctica de conciencia humana que muestra cómo los lugares donde empieza la historia de la ciudad dan muchas explicaciones de cómo somos los bogotanos”. Para otros son solo una alternativa de conocer lo que de otra forma jamás visitarían. Lo que sí es claro es que la nueva mirada que Bernal, Gómez y las enfermeras del San Juan ofrecen de la ciudad hacen que los aventureros descubran un patrimonio del que pocos se acuerdan y que se está perdiendo.

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